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(terapia de los espiritus) - Versión para imprimir

Terapia de los espíritus


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Noviembre de 2010

La mayoría de las veces, los espíritus no se van porque consideran que no han muerto en absoluto. Y, puesto que ignoraron su propia muerte, continúan llevando la vida que tenían hasta ese momento. Entonces, vuelven a sus casas, lugares de trabajo, o a las escuelas donde estudiaron. De idéntica forma, pasan también su tiempo "libre".
La situación es similar cuando poseen a una persona. Aunque estén presentes en su cuerpo, sin embargo, llevan su propia vida, sin prestar atención sobre sus necesidades. En uno y otro caso, no es fácil despertar al espíritu de la ilusión de sus propios hábitos, expectativas, pensamientos y emociones.
Para comprender bien estas dificultades, imagínate que alguna persona (cercana, o completamente desconocida) se acerca a ti y se esfuerza en convencerte de que ya no vives físicamente, que hace algún tiempo falleciste. La mayoría de la gente reaccionaría riéndose (quizás con risa histérica) y preferirían tomárselo como una broma. La mayoría de la gente insistiría con firmeza ante la absoluta seguridad de que vive porque lo percibe con todos sus sentidos. Los sentidos no cumplen aquí ninguna función informativa; los tenemos también tras la partida de lo físico, y es necesario saberlo para no caer en un tremendo espejismo de que en el mundo astral (de los espíritus) todo es muy fácil. Se puede decir tranquilamente que el mundo astral (o tal vez emocional) es un gran espejismo, pero su percepción no es menos real que la del mundo físico. Esto recuerda a la película "Matrix", cuya primera parte está basada en dependencias reales, lo que explica su excepcional popularidad.
Volvamos a los espíritus que se perdieron en la experiencia del espejismo astral. Para ellos no significa nada el hecho de que mucho tiempo antes enfermaran o murieran en un trágico accidente. Tienen conciencia de estar vivos y por eso, muy a menudo, eligen una versión de los hechos en la que no murieron. Incluso cuando el espíritu se suicidó, está seguro de que no consiguió matarse, e intentará suicidarse una vez más.
Cuanto más tiempo pasa desde el momento de la muerte, más difícil es despertar al espíritu. Cada momento que pasa en el espejismo astral lo reafirma en su absoluto convencimiento de que tiene una vida como la que, efectivamente, ahora lleva.
El mejor modo para despertar al espíritu es conducir su atención hacia los últimos días de su vida física, relatarle qué causó su muerte, cuándo ocurrió esto, cómo fue su funeral, y dónde yace su cuerpo. Si tenemos fotografías, podemos mostrárselas, del mismo modo en que se las mostramos a los vivos. Al principio, los espíritus no quieren verlas, ni saber nada sobre ese tema, pero, ¿quién sabe?, quizás con el tiempo esto le empiece a interesar. Si el método mencionado no surte efecto, vale la pena ir al cementerio y enseñarle al espíritu su tumba, señalando que allí descansa su cuerpo.
Es necesario mostrarle y leer la inscripción que aparece en la lápida. Hay que hacer esto como si fuera la primera vez que le mostramos la tumba, ya que, efectivamente, él no es consciente de su propia muerte. Para que el espíritu se despierte, a veces, basta con una sola conversación de ese tipo, otras veces es necesario hablar de esto varias veces o insistir más. Es preciso repetir este proceso muchas veces hasta que el espíritu despierte y quiera recordar y aceptar su salida del mundo físico.
No obstante, hay que tener cuidado. Al cementerio obligatoriamente tenemos que ir en compañía de alguien que conozca bien todo el proceso de la persona, ¡nunca solos! Sucede, y muy a menudo, que en el momento de desvelarle la verdad la persona poseída, el espíritu entra en un gran pánico (pasando por el propio miedo ante la muerte). Hasta que la persona despierta de una emoción tan grande, puede tener reacciones incontroladas, por ejemplo, correr entre las tumbas, esconderse en alguna cripta, saltarse las vallas, etc. Ajena a esta amenaza, la persona puede herirse, o pasar mucho tiempo inconsciente entre las tumbas. El segundo factor importante que mantiene a los espíritus entre los vivos es el sentimiento de culpa, de ira, de falta de perdón. El proceso del perdón, que todos tenemos que realizar antes individualmente, debe ahora realizarlo la persona viva, por ella misma y por el espíritu. A mucha gente le cuesta mucho trabajo perdonar; otros, en muchos casos, no son conscientes de que están llenos de rencor. Cuando se trata el tema de la culpa, la animadversión, o la ira, muy a menudo nos encontramos con la negación, e incluso con la indignación y la agresión. Mucha gente piensa que no hay necesidad de comportarse con rencor por algo que ocurrió en el pasado, porque no debemos hablar mal de los muertos. Esto es una forma de autoengaño, porque podemos tener buenos pensamientos sobre otros, siempre y cuando no tengamos ira en nuestro interior y podamos perdonarlos. A menudo, esta falta de perdón impide al espíritu difunto partir lejos y tomar su camino. Parece que en las familias cuyos miembros se quieren mucho no hay ira; sin embargo, ésta es omnipresente, tan solo está muy escondida o no se exterioriza. Y enfadados podemos estar literalmente con todo, incluso con el hecho de que el difunto, al irse, nos ha abandonado y nos ha dejado con muchísimos problemas. Lo mismo puede ocurrir con el difunto. Quizás durante su vida en el mundo físico le temía a la muerte y deseaba tu compañía sólo para hablar sobre sus sentimientos o simplemente para sentirse escuchado. Sin embargo, tú en cuanto podías, evitabas esa situación.
Consciente de que estaba a punto de morir, le dijiste: "no digas tonterías, te recuperarás, sanarás.". Ahora tenemos que perdonarle no solo a él, sino también a ti mismo y pedirle perdón a él. Sin embargo, para que el perdón sea efectivo, primero es necesario despojarnos de la ira. Lo mejor es hacerlo solos. El modo más efectivo es tomar un montón de hojas sueltas y escribir en ellas todas las cosas por las que estamos enojados. Esto lo hacemos por el muerto y por nosotros. Y lo repetimos hasta que ya no sintamos vacío (allí donde antes había ira ahora no hay nada) y nos invada una sensación de alivio. Es cuando vertemos sobre el papel toda nuestra ira que podemos comenzar a perdonar. Aquello que antes definíamos como la fuente de toda nuestra ira, ahora ya podemos perdonarlo. Por ejemplo, antes escribíamos: "yo, Jan, estoy furioso porque te fuiste de este mundo". Y ahora escribimos: "yo, Jan, te perdono que te hayas ido de este mundo". Ésta es la manera de proceder con cada una de las cuestiones no resueltas.
Una vez que hemos echado afuera toda nuestra ira y hemos perdonado, podemos pedirle al espíritu que nos perdone. Es recomendable quemar las hojas en las que escribimos, poner esta cuestión en manos de Dios y no volver nunca más a ellas. De este modo, liberamos las emociones que nos atan al espíritu como si fueran cadenas, y el efecto de ello es que ya él no tendrá razones para seguir entre nosotros. Efectivamente, las emociones compartidas son como un imán que atrae hacia nosotros los más variados elementos del mundo astral (emocional). De ahí que la capacidad de autocontrol (y sobre todo la capacidad de liberar patrones negativos) nos proporciona el nivel de libertad y de calidad de la existencia, que hay más allá de cada una de las expectativas anteriores.

Redactó: Wanda Pratnicka




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