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(preparar para la propia muerte) - Versión para imprimir

De qué forma se puede uno preparar para la propia muerte


Onet.pl
(uno de los mayores portales de Internet en Polonia)
Marzo de 2011

Existe cierto grupo de personas que ya sabe (aunque a veces sea sólo teóricamente) que no existe la muerte; aquello que se considera generalmente como la muerte, no es más que desprenderse del cuerpo físico, de la misma manera en que nos quitamos la ropa para descansar. Con toda seguridad, a este grupo pertenecen los lectores de mis libros, en especial de "Poseídos por los espíritus". Sin embargo, el auténtico secreto está en desprenderse completamente de esa incómoda y molesta "ropa" (el cuerpo) y sentir por fin la libertad que es parte integral de los mundos sutiles. Este proceso recuerda a una oruga envuelta en un capullo que, una vez que se ha librado de aquél, se convierte de repente en una mariposa. Como sabemos, la oruga no se muere, sino que atraviesa por un período de transformación.
De forma análoga, el alma liberada del cuerpo físico sigue viviendo en el cuerpo astral. Es libre, como la mencionada mariposa, y puede moverse por dónde quiera. De ahí que lo que coloquialmente denominamos muerte no sea el final de la vida (en este mundo), ni tampoco el principio de otra, sino que es simplemente su continuación.
Todo el intríngulis está en que la persona debe poseer en vida ya este conocimiento, y recordar cómo usarlo en el instante de abandonar el cuerpo físico, para que se pueda sentir libre y volar como la mariposa del refrán. En consecuencia, cuando nos desprendemos del cuerpo físico (morimos), puede ser demasiado tarde para aprenderlo. La ya mencionada mariposa que abandona el capullo, ha de poseer igualmente este conocimiento, ya que de otra manera podría ocurrírsele quedarse en él para siempre. Es una ironía que la mariposa lo sepa, a diferencia de la mayoría de las personas, por desgracia. Como es sabido, la ignorancia no exime a la persona, sin embargo, de afrontar las consecuencias de su propia "ligereza". Las he descrito exhaustivamente en el segundo volumen de mi libro "La rueda de la Vida". Son muchas las consecuencias, y la mayoría de ellas provocan el sufrimiento (a veces muy grave, o incluso trágico) durante la estancia en el mundo astral. Se trata de dolorosos procesos en los que se pasa por una especie de energías de las que la persona se rodeó durante su vida física. Si se dejó dominar por la rabia, entonces la experimentará amplificada (mucho más intensamente que en su vida física); si fue por el miedo, entonces recogerá más miedo; si fue por el odio, más odio. No hay tiempo entonces para las quejas atrasadas, excusas, justificaciones o expectativas de que alguna fuerza superior nos facilitará todo.
Durante los últimos 35 años de mi trabajo, que consiste en ayudar a los demás, he tenido que tratar con miles de almas que se estancaron en el mundo astral. Así pues, puedo afirmar con valentía de que la mayoría de la gente pasa por la vida sin darse cuenta en absoluto de lo poco que sabe de ésta (ni de hasta qué punto no quiere saber). Es preciso a la vez entender la muerte para poder concebir lo que es la vida realmente, y así poder respetarla. Muchas personas no la honran porque consideran que la vida termina con la muerte física. Por su parte, esta convicción acarrea múltiples consecuencias (muchas veces trágicas). Ya que "sólo se vive una vez", entonces hay que compensarse y desahogarse (disfrutar de todo tipo de estimulantes o venenos para el cuerpo y el espíritu), y en consecuencia exprimir la vida todo lo que se pueda, "aprovechar" al máximo.
Después de pasar por la denominada muerte, estas personas reconocen con asombro lo mucho que se equivocaron. Han muerto, y sin embargo siguen existiendo. En esta nueva existencia no tienen nada a lo que agarrarse. En consecuencia, no pueden empezar de nuevo (debido a la ley de la continuidad), sino que han de proseguir con lo que era el sentido o el objetivo de su vida hasta entonces. Si hubieran sabido más sobre la muerte durante su vida física, tendrían la oportunidad de tener otra actitud mejor, generalmente más sencilla, hacia esta última. Habrían sabido que vinieron al mundo para ocuparse de sí mismos, de los demás y de la Tierra. Reconocerían más fácilmente los regalos de la providencia (las circunstancias, a veces difíciles), necesarios para trabajar en el desarrollo de su propia alma. Y así han desperdiciado su propia vida, podría decirse que han vivido para nada.
Un alma que venga a la Tierra no la puede abandonar mientras no se cumplan todas las obligaciones de las que ha decidido encargarse. Ello por supuesto no significa que tengamos que preocuparnos adicionalmente por cuándo nos marcharemos. La persona siempre sabe con antelación cuando llegará su hora. Todas las personas lo perciban; sin embargo, no hay nadie del entorno de la persona que se marcha que quiera escucharlo. Generalmente, el momento de desprenderse del cuerpo físico (la muerte) llega cuando ya no tenemos por delante ningún objetivo que realizar.
¿Cuál sería el final ideal de la vida física? Si no tenemos la seguridad de que viviremos el tiempo suficiente para completar ciertas tareas, no deberíamos aceptarlas; en caso contrario se busca a una persona que sepamos a ciencia cierta que las terminará. No en vano nadie puede morir dejando cuestiones pendientes. De no ser así, dejará una parte de él en la tierra y de ahí que no pueda marcharse con el alma en paz (se convertirá en un espíritu errante, que sufre, encadenado a las cuestiones materiales). En consecuencia, si alguien descubre o percibe intuitivamente, que necesita morir (la palabra "necesita" es la más apropiada), tiene que llevar a cabo una "ceremonia" en la que delegará sus cuentas pendientes en alguien que esté dispuesto a finalizarlas. Al morir, toda persona debe (no se trata de una opción, sino de una necesidad) poner orden en toda su vida terrena. Su obligación es perdonar y no guardar rencor a quien sea menester; pedir perdón, dar y recibir amor y agradecer el tiempo que ha pasado con los seres queridos, delegar las obligaciones sociales y familiares. Toda persona, no sólo el que abandona la fisicidad, debería hacerlo día a día; ¿cuál es la realidad, mientras tanto?
Si a alguien lleva retraso acumulado es este aspecto, deberá ponerse al día antes de morir. A veces, el que deja la fisicidad se ve obligado a llevar a cabo esta ceremonia por lo menos en el interior de su espíritu, es decir, simbólicamente: las personas de su entorno, que están presentes e inquietas, nunca se lo permiten. En seguida le cierran la boca gritándole: - "¡Qué tonterías son ésas, si vas a vivir!"
Sin embargo, cómo reaccionan los demás será asunto suyo. La tarea del moribundo es liberarse de todo el armazón físico que le podría molestar en su andadura posterior. Parte de la ceremonia de partida ha de ser entregar todos los objetos materiales, incluso los personales, a sus allegados. Mientras viva, lo hará de forma simbólica. La felicidad máxima sería que las personas que ha obsequiado aceptasen sus cosas (de momento de forma igualmente simbólica), para que la tarea del espíritu (la interna) se lleve a término. Entonces la energía de ese alma será pura, gracias a lo cual podrá seguir su senda individual por los mundos sutiles.
Cuando la persona que expira no puede permitirse, debido a la estrechez de miras del entorno, una ceremonia así, la alternativa es redactar el testamento (aunque sea en secreto). Debería hacerlo toda persona, sin excepción. Incluso el que sea más pobre, tiene algo que puede ser útil para los demás.
Si en los niveles más profundos del sí mismo supiésemos la verdad sobre la transformación que denominamos como muerte, la vida sería mucho más fácil, y la misma muerte sería aceptada de una forma completamente distinta, con comprensión y calma. Recordemos que, en último término, los objetivos (aquí en la tierra como en el más allá) son la libertad y la felicidad. La libertad se alcanza reforzando el sentimiento de la propia dignidad, así como mediante el amor, la bondad y el respeto mutuo, para los que todos son iguales. Cuando consigamos esto obtendremos amor, respeto, conocimiento, bondad y comprensión hacia toda la humanidad. Si intentamos conseguir esto en el orden equivocado -cuando pensamos primero en los demás, en vez de uno mismo- no lograremos aquello por lo que vinimos al mundo. Entonces moriremos sin realizar. Así, lo más probable es que nos aferraremos compulsivamente a la vida física y pasaremos por alto nuestra muerte de forma análoga a como antes pasamos por alto nuestra vida.

Redactó: Wanda Pratnicka




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