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Muerte, duelo, posesión


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Octubre de 2010

Cuando alguien cercano muere (independientemente de si se trata de una muerte repentina o de una muerte resultante de una larga enfermedad), caemos en un estado que recuerda a cuando nos falta el aire, o nos sentimos como si nos hubieran quitado el suelo de debajo de los pies. Esto es así porque la mayoría de la gente sabe muy poco sobre la muerte y cree que esta constituye el final de la existencia como tal. Nada más equivocado. Prueba de ello es la enorme cantidad de espíritus que no han pasado al otro lado del velo de la muerte. Al quedarse entre los vivos, visitan nuestras casas, lugares de trabajo, e incluso a las propias personas. En casos extremos, toman su cuerpo, y lo poseen de una forma tan absoluta que este puede llegar a perder la autoconciencia y, a partir de ahí, hará todo lo que el espíritu le ordena.
Muy a menudo, nosotros mismos provocamos este estado de cosas. En el momento de la muerte y, por tanto, en el momento más importante para el alma que se va, nos comportamos como si ésta ya no estuviera entre nosotros. Caemos en la desesperación, y muy egoístamente pensamos solo en nosotros. No le permitimos pasar en paz por esos momentos tremendamente importantes para ese alma (transformación de una vida a otra), y sólo nos lamentamos e imploramos al muerto (a veces solo inconscientemente, pero con la misma intensidad) con frases como - "quédate, no te vayas, cómo voy a poder vivir sin ti.". Entonces, con frecuencia ocurre que el alma, en lugar de partir en paz, se queda entre nosotros, pues no quiere dejarnos en tal estado de desesperación. Ella misma sufre por la separación, y lo que más desea es apoyarnos y consolarnos. De algún modo, el muerto trata de decirle a los seres queridos que le lloran: "mirad, no hay muerte, yo no he muerto, sigo vivo.". Sin embargo ellos, por miedo, suelen cerrarse ante este tipo de llamamientos. Como por ironía, el alma que renuncia a su suerte para ocuparse del duelo de los seres queridos, acaba entrando en ellos, aunque no sé cómo lo hacen. En efecto, no es fácil entrar en el interior de la persona en duelo, cuya desesperación lo sume en un estado similar al shock. Las almas más fuertes (y más inteligentes), al no poder hace nada para ayudar o consolar a los vivos, finalmente se van, no permanecen. Si no consiguen oponerse a la voluntad de los vivos, se convierten en sus esclavos, pero también en vampiros que se alimentan de las energías de los vivos. El dolor por el duelo, si dura demasiado tiempo, es insidioso y dominante. A semejanza de las ondas invisibles, se adhiere al alma que muere y la captura. Lentamente la incapacita, y al mismo tiempo el espíritu se va vinculando a la persona viva. Una cuestión que hay que tener clara es que el momento de la muerte y justo después de ella constituye el periodo de mayor desesperación y no hay nada malo en vivirlo intensamente. Sin embargo, al mirarnos más de cerca, en seguida caemos en la cuenta de que estamos desesperados no tanto por el muerto como por nosotros mismos, aunque esto no queramos verlo. Y es que nos duele la soledad, o el modo en que más tarde tendremos que salir adelante. Inconscientemente, tratamos de conservar entre nosotros al alma que se va durante el máximo tiempo posible. Por desgracia, no nos damos cuenta de que el duelo que dura demasiado tiempo nos encadena al espíritu, que poco a poco, empieza a olvidarse de que ha muerto. Esta creciente amnesia hace que el espíritu empiece a negar la propia muerte y que comience a llevar una vida como la que llevaba hasta entonces.
En el momento de la muerte, las fuerzas naturales del universo ayudan al alma a pasar de un mundo a otro. Con el tiempo, estas fuerzas se hacen cada vez más débiles y cuando éstas faltan (cuando pasa mucho tiempo desde el momento de la muerte) el espíritu ya no puede partir y permanece entre los vivos.
Mientras tanto, pasan las siguientes semanas (o meses), y nuestro duelo es cada vez más débil. En lugar de concentrarnos en la muerte y en el muerto, empezamos a mirar cada vez más en dirección a los vivos. Llega el día en el que por fin conseguimos olvidar al muerto. Por ejemplo, conocemos a una nueva pareja y queremos comenzar una nueva vida con ella. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no somos capaces de hacerlo. Las cadenas con las que nos unimos con el espíritu son tan fuertes que ahora es difícil romperlas. ¿Qué significa esto para nosotros? Sobre todo, que en cualquier nueva relación que establezcamos siempre estará presente el espíritu. No nos permitirá una nueva amistad, puesto que la persona se ha convertido en su vida al completo. El espíritu es totalmente dependiente de la energía de la persona y hará todo lo posible para mantener una relación exclusiva con él. Para él, esto es una cuestión de supervivencia. Por eso, la nueva relación (o cualquier nueva relación que surja) supone para el espíritu una amenaza. Por tanto, con la aparición de la nueva pareja, comienza una vida en triángulo en el sentido literal de la palabra. Queremos vivir libres e independientes, pero ahora eso ya no es posible. Ahora el espíritu "nos paga" con el egoísmo que nosotros le mostramos en el momento en que no quisimos permitirle que partiera.
El síntoma más frecuente de esta situación es que nadie quiere permanecer cerca de nosotros. Y es que el espíritu ataca a todas las personas que quieren acercarse a nosotros. Todos lo sabemos por experiencia propia; es gente junto a la cual uno se siente mal, falto de energía, deprimido, furioso, o directamente asustado, pese a que puede que esas personas no vuelvan a buscarte. Por eso, nuestras relaciones serán de poca duración, o muy superficiales. En estos casos, podemos sufrir insomnio, falta de energía (porque la nuestra la tenemos que compartir con el espíritu), dificultad para concentrarnos, podemos, además, tener pensamientos fugaces y, en casos extremos, comenzaremos a sentir los problemas de los que se quejaba (o aún peor, de lo que murió) nuestro cercano difunto. Entonces, ¿cómo actuar durante el duelo? Es absolutamente necesario tomar conciencia y vivir el dolor de la manera más intensa posible. Merece la pena llorar, gritar, e incluso dar alaridos. Esto no significa necesariamente que tengamos la intención de mantener con nosotros al espíritu que se está marchando. Con certeza, la experiencia consciente de estas sensaciones nos enseña que realmente sufrimos más porque nos quedamos solos que a causa de la añoranza de la persona amada. Si no pasamos por este proceso conscientemente, con mucha probabilidad sufriremos hasta el final de nuestras vidas, y cada pérdida nos traerá de nuevo reminiscencias inconscientes de ese sufrimiento.
Si supiéramos que la muerte, entendida como un final definitivo, realmente no existe, que se trata solo del paso de un mundo a otro, dejaríamos de tenerle tanto miedo.
Alguna vez, he tenido la ocasión de observar que los lectores de mi primer libro que estaban dejando este mundo, pasan sin dificultad al otro lado del velo de la muerte.
Al mismo tiempo, los vivos no sufren de una manera tan traumática. Ciertamente, se dan cuenta de que el espíritu que se ha ido se encuentra muy bien, e incluso mejor que cuando existía en la vida física. Esto elimina la pena y la ira ocasionadas por la experiencia de la partida.
El tema de la partida del mundo físico y todas sus etapas lo describí detalladamente en mi último libro "La rueda de la Vida". En él, se muestra que la muerte constituye, en las capas profundas de nuestra conciencia, nuestra propia decisión, y no algo por lo que nos sentimos castigados. La comprensión de la muerte facilita el que esta no nos coja por sorpresa y, cuando llega, la asumimos seguramente con tristeza, pero sin excesivo dramatismo. En mi opinión, la muerte es un acontecimiento mucho más importante que el nacimiento, puesto que define muchos procesos que ocurren tras la salida de lo físico. Su tiempo de duración sobrepasa frecuentemente el tiempo de nuestro paso por el plano de la existencia en la tierra. Por tanto, desde mi punto de vista, su comprensión es completamente necesaria.

Redactó: Wanda Pratnicka




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