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(la domadora de espiritus) - Versión para imprimir

La domadora de espíritus


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Octubre de 2010

Tanto la práctica del esoterismo, como de la mayoría de las religiones en el mundo se basan en la convicción de que, a decir verdad, la vida humana no se acaba en el instante de la muerte. Así que no hay nada raro en que muchas personas crean en la interconexión entre el mundo material y el metafísico, y por tanto en la existencia de los espíritus. ¿Cómo podemos coexistir con ellos, y qué se puede hacer cuando un espíritu errante turbe la paz terrena? Agnieszka Mazur charla con Wanda Pratnicka, exorcista laica, autora de los libros "Poseídos por los espíritus" y "La rueda de la Vida".

¿En qué consisten los exorcismos exactamente?

Los exorcismos consisten en liberar a las personas de los espíritus, pero a menudo ocurre también la situación contraria, cuando hay que liberar al espíritu de la persona que lo aprisiona. Mirando de reojo un exorcismo ejecutado por mí, vimos que consiste en cortar los vínculos o romper las cadenas con las que dos almas (la viva y la muerta) se han unido entre sí, así como en conducir hacia la Luz al alma que ya no tiene cuerpo físico.
Muchas cosas pueden formar esa cadena: el sentimiento de culpa, algún asunto sin resolver, la no disposición para el perdón o la falta del mismo, una confluencia de intereses, una adicción común, etc. Un exorcismo siempre culmina con éxito, los vínculos se rompen, pero es otra cuestión que ambas partes quieran aprovechar la ocasión. Puede ocurrir, y no es en absoluto infrecuente, que el vínculo sea muy fuerte. Pese a la liberación y a los inimaginables beneficios para ambas partes, las almas, transcurrido un breve o un espacio de tiempo mayor, se atraigan mutuamente como un imán de nuevo.

¿En qué se diferencian los exorcismos laicos de los católicos?

Me resulta difícil pronunciarme sobre otros exorcistas laicos, ya que no sé en qué consiste su labor (puede realizarse de muchas formas distintas). Así que puedo hablar sólo de la mía. A pesar de las diferencias en la forma de trabajar, cada uno practica el exorcismo de la manera en la que más destaca, y que considera más efectiva. Yo he desarrollado un método en la distancia. Es segura y nada estresante, tanto para el cliente como para mí. Para exorcizar a una persona concreta a distancia, me sirvo únicamente de sus datos. No me veo con estas personas y ni siquiera las conozco, a no ser que conozca más tarde a una de ellas, por ejemplo cuando me agradece la ayuda prestada en alguna de mis conferencias.
En cambio, los curas practican los exorcismos en una iglesia y la persona poseída se encuentra ante ellos. Tienen como ayudantes a varias personas (para sujetar al exorcizado), y un grupo de apoyo bastante grande (integrado por los creyentes), que reza por su seguridad.
Cuando yo practico un exorcismo, la persona purgada (en especial, el espíritu) no sabe cuándo lo voy a hacer, de ahí que no se estrese. Notará el efecto de mi labor sólo después del alivio que experimenta.

Usted a menudo subraya que resuelve la mayoría de los problemas a distancia, sin necesidad de visitar al "paciente". ¿De dónde procede el estereotipo de que el exorcista deba tener contacto con el poseído, exponiéndose simultáneamente a la acción del demonio? ¿Por qué los curas practican los exorcismos "in situ"?

Es algo que se debería preguntar a los curas. No comprenderemos este mecanismo sin familiarizarnos con la historia del exorcismo, aunque sea sintetizada al máximo. En tiempos remotos había mucha gente capaz de practicar exorcismos, tanto a sus allegados como a sí mismos. En paralelo al desarrollo de la iglesia los párrocos arrebataron este poder a la gente, y empezaron a practicarlos ellos mismos. Sin embargo, el tiempo de la Inquisición desposeyó también de este derecho a los sacerdotes. La práctica de un exorcismo se castigaba con una muerte que era un martirio (la quema en la hoguera, ser descoyuntado en la rueda u otras horribles torturas).
Cuando en el año 1886 se resucitó el exorcismo, no había nadie capaz de practicarlo. Todos los sacerdotes versados en los exorcismos habían muerto hacía tiempo, y se había quemado la mayoría de los libros. Se recuperó uno de ellos del siglo XIV, y con esa base el papa León XIII (después de que él mismo fuese poseído) reprodujo fielmente el ritual del exorcismo que hasta hoy continúa vigente. Como sabemos, en aquellos tiempos se creía en los demonios. Sin cambiar el contenido del viejo ritual, los curas se ven obligados actualmente a hacerle al exorcizado preguntas del siglo XIV. Pese a los adelantos de la ciencia (muchos curas saben perfectamente, y lo dicen en voz alta, que no es el demonio, sino un espíritu, quien posee a la persona) los curas se ven obligados a trabajar como antaño. De ahí que el sacerdote-exorcista, incluso si quisiera y fuese capaz de practicar el exorcismo siguiendo otro método, más efectivo, no lo pueda hacer; así se lo exigen distintos cánones, dogmas, etc.

Es probable que los espíritus sean responsables de las neurosis, fobias, dependencias e incluso de los suicidios. ¿Acaso todas las enfermedades son desencadenadas por los huéspedes del más allá? De no ser así, ¿cómo se puede distinguir si enfermamos de manera natural, o si, por el contrario, se debe más bien a los espíritus?

Por supuesto que no todas las enfermedades proceden de los espíritus. Ello supondría que seríamos son víctimas inermes y no tendríamos responsabilidad alguna, cuando sin embargo no es así. Resulta bastante sencillo distinguir una enfermedad causada por una posesión. Generalmente, las enfermedades fáciles de tratar son causadas por las personas, mientras que aquellas para la que no nos sirve ninguna medicina (ni alternativa ni convencional) proceden de los espíritus. Así que no es posible administrar una medicina u operar al vivo Julián, cuando en realidad está enfermo el espíritu de la abuela Elena, que se ha aferrado al cuerpo de Julián.

¿Quién puede caer víctima de un espíritu? ¿Son en esto determinantes los rasgos físicos o de la personalidad, el estado de salud?

Sólo la persona que se haya abierto tanto al espíritu como para perder la consciencia de sí misma puede caer víctima de un espíritu. Eso suele suceder durante el luto o invocando a los espíritus, el reiki, el tarot, la meditación en grupos más grandes o que se enfoque de manera inapropiada. Siempre podemos ser poseídos, cuando bebemos alcohol, consumimos drogas, fumamos o trabajamos en exceso, o en cualquier otra situación en la que perdamos durante algún tiempo la propia consciencia (p.ej. con la música ritual) Entonces somos un blanco fácil para el espíritu en búsqueda de un cuerpo en el que habitar.

¿De qué forma podemos defendernos del ataque de un espíritu?

Ante todo, no deberíamos tenerle miedo, ni siquiera si notamos que está a nuestro lado. Hay que recordar que él deambula impotente, y no nos desea ningún mal. Incluso cuando nos embarguen un miedo enorme, o emociones negativas, no hay que dejarse anegar por ellas. En consecuencia, el miedo o las fuertes emociones negativas proceden del espíritu. Lo segundo es que hay que saber dominar nuestras aficiones (o más bien pasiones, deseos, adicciones). Ellas son el imán que atrae hacia nosotros al espíritu. Y si el espíritu está a nuestro alrededor, ya sólo resta un pequeño paso para la posesión.

En su búsqueda de fuentes de energía las almas errantes se aprovechan de las personas. ¿Es posible que les chupen la sangre a sus propios seres queridos? ¿Es que después de morir perdemos la conciencia, el sentido de la moral, los sentimientos cálidos en relación a los miembros de la familia?

A esta pregunta es imposible responder en unas cuantas frases, ni siquiera con decenas, y hacerlo de una forma que no infunda terror y sea comprensible. De ahí que remita a los interesados al segundo Volumen de mi libro "La rueda de la Vida", en el que he respondido a esta pregunta sin obviar el más mínimo detalle. Ahora solamente diré que las almas errantes actúan en la forma de la que lo hacen porque no tienen elección. En lo referente a la familia, a menudo sucede que el espíritu se queda con sus parientes porque el desconsuelo por su pérdida fue muy intenso. No querían soltar al alma inmediatamente después de la muerte del cuerpo físico, es decir, justo cuando se daban las mejores condiciones para ello. Por supuesto que el alma podría marcharse a pesar de todo este desconsuelo, (y así lo hacen muchas de ellas), pero hay veces en que le falta "coraje" para dar este paso.
Puede que ella misma sufriera, o que quisiera consolarnos, apoyarnos, decirnos: "Mira, no existe la muerte; yo no he fallecido, sino que sigo viviendo". Sin embargo, cuando el desconsuelo se prolonga en exceso, a medida que el tiempo pasa, el alma cada vez se olvida más de que ha muerto. Empieza a vivir como si no hubiera pasado por la muerte para nada, sólo que ya no tiene un cuerpo, ni la cantidad necesaria de energía para separarse de la Luz. Así pues, no podemos culpar de ese estado sólo a los espíritus, ya que ambas partes son responsables y ambas sufren las consecuencias, por muy desagradables que sean. Simplificando mucho: el espíritu que se quedó con los vivos está sujeto a las leyes que rigen el mundo astral. El pilar de este mundo son las emociones y, allí donde ronda un espíritu, las emociones negativas. De ahí que el espíritu, pese a que fuese el pariente más querido de toda la familia, proyecte estas emociones sobre los vivos. De ahí su sufrimiento.

¿De qué forma podemos detectar que hemos caído víctimas de un espíritu?

Hay muchos síntomas. Aparecen individualmente o en grupo. A veces, la posesión es casi imperceptible (aunque la mayoría de las veces los allegados son capaces de detectar la alteración de la conducta), y otras, hace que la persona se derrumbe de forma violenta. Todo depende de la sensibilidad y de cuál sea el espíritu que ha poseído a la persona. Puede tratarse de dolores de cabeza y/o de hígado continuos o frecuentes, un cansancio que no desaparece, o incluso de agotamiento (pese a haber dormido lo suficiente), de un sentimiento de pesadez, una apatía sostenida que incluya una gran depresión, temores injustificados (desde pequeños a grandes), una acumulación de ideas, cambios de humor o un ánimo violento.
También pueden hacer acto de presencia enfermedades físicas graves (dependiendo de aquello de lo que hubiese muerto el espíritu) y/o poco menos que todas las enfermedades mentales. En más de una ocasión la posesión puede manifestarse "sólo" con un insomnio constante, sentir la presencia de alguien o la obligación de hacer las cosas más variopintas, incluso si todo nuestra naturaleza se rebela ante ello y las consideramos como malas, estúpidas, inmorales, etc.

¿Cómo se presenta una conversación con un espíritu? ¿Es éste capaz de comunicarse con el lenguaje "humano", o quizás transmite únicamente símbolos?

La mayoría de los espíritus, inmediatamente después de la muerte del cuerpo físico, ansía comunicarse con nosotros. Se trata de algo parecido a una despedida, de reafirmar el amor, de confirmar que sigue vivo y se encuentra bien.
Esta comunicación se basa en imágenes y sentimientos, pero somos capaces de interpretarla y nos puede parecer que son palabras.
Si el espíritu quiere transmitir algo importante, nos lo revelará por medio de un símbolo, pero de manera que sepamos de qué se trata. La mayoría de la gente, sin embargo, tiene tanto miedo a esos mensajes, que no los quieren registrar en su conciencia. El alma lo intenta varias veces, y cuando el contacto es inútil, renuncia y se va.
Si ha pasado un largo período de tiempo después de la muerte y continúa el intento de contacto, eso significa que el espíritu no se ha marchado.
Entonces hay que estar alerta, ya que lo más habitual es que el espíritu no desee más charlas, sino nuestro cuerpo y, en el mejor de los casos, "tan sólo" nuestra energía.
La mejor salida es ignorarlo (lo que a algunos les resulta muy difícil en el caso de los vínculos afectivos). Nuestra falta de atención a sus acometidas es suficiente defensa. Si permitimos el contacto, el resultado puede ser la posesión.

¿Por qué algunos espíritus tienen una actitud amistosa, mientras que otros, hostil?

Ocurre con los espíritus lo mismo que con las personas. La muerte del cuerpo físico no cambia el carácter de la persona. Si el espíritu de nuestro prójimo ha empeorado radicalmente, es por culpa de la de su cuerpo astral. Una vez más me veo obligada a remitir a los interesados al segundo tomo del libro "La rueda de la Vida", ya que no es posible responder a esta pregunta ni con una decena larga de frases.

¿Qué daño puede infringir a una persona un espíritu en actitud hostil?

Depende. No nos podrá hacer nada mientras no nos asuste ni le prestemos atención. Sin embargo, si se aferra a nosotros (porque p.ej. abusamos del alcohol y nos faltó la suficiente autoconsciencia), además de los síntomas de posesión arriba mencionados, el espíritu puede adueñarse completamente de nosotros si somos débiles. Entonces nos puede incitar al suicidio, al asesinato, a la violación, al hurto, al robo o cualquier otra cosa fea. Pudiera ser que el espíritu se dedicara a ello en vida, pero también puede ser resultado de la ira, o del ansia de venganza por su duro destino.

¿Pueden las almas ayudar a la gente? ¿En qué?

Seguro que con esto decepcionaré a muchos lectores, puesto que desmontaré mitos muy enraizados, pero es que ningún espíritu está en posición de ayudar en nada. ¿Por qué? Es fácil: las almas que han atravesado el velo de la muerte (hacia la Luz, el Cielo), no nos pueden alcanzar, ya que están demasiado lejanas. Se trata, por supuesto, de una diferencia en el nivel de vibración. En consecuencia, si queremos recibir ayuda de un espíritu semejante deberíamos aumentar nuestra propia vibración. Entonces, sin embargo, su ayuda sería superflua, ya que el nivel de vibración al que hemos ascendido nos pondría a nuestro alcance todo aquello de lo que dispone un espíritu. En el supuesto de que el espíritu quisiera reducir su vibración, estaría en nuestro lado y se convertiría en un alma errante.
¿Y todos los demás espíritus que no se han marchado a la Luz? Son criaturas errantes, carentes de esperanza, que si ellas mismas necesitan ayuda, ¿cómo podrían prestárnosla a nosotros? Si les invocamos para que vengan (pidiéndoles ayuda p.ej.), seremos poseídos con toda seguridad.

Si se muere una persona querida, ¿de qué forma deberíamos vivir el luto, para no dificultarle el tránsito al más allá?

La muerte de la persona es el momento más importante de toda su vida. Debe enfrentarse a lo nuevo, a lo desconocido (lo que le da mucho miedo a la mayoría de la gente), y participar además en pasar revista a su vida (lo que también es un problema nada despreciable). Tiene que abandonar a las personas que quería. A ello hay que agregarle el desconsuelo de los vivos, que es una carga añadida.
Debe marcharse definitivamente, cuando todo su ser se rebela, ya que ansía quedarse entre los vivos. De ahí que, pese a nuestros enorme dolor y desconsuelo, no deberíamos hacerle "la vida" imposible al espíritu, sino ayudarle con ello, que es precisamente por lo que está pasando. Si en la fase el duelo exclamamos "quédate", "no te vayas", "¡cómo voy a poder arreglármelas sin ti", existe una gran probabilidad de que éste no sea capaz de negarse y se quede. Nunca se mantendrá como alguien vivo, que comprende que la muerte no es el final, sino el tránsito a una vida mejor y más fácil.
En vez de entristecerte, disfruta de la felicidad del espíritu. Si no nos preparamos previamente para ello y tampoco sabemos nada sobre la cuestión de la muerte, nos será inconmensurablemente difícil resistir a la desesperación; lo cual en el futuro, con toda probabilidad, desembocará en la posesión. En lo que al duelo respecta, hay que vivirlo lo más intensamente posible, todo lo que seamos capaces de expresar. Hay que llorar, gritar, expulsar la pena. pero sin invocar a la difunta alma. Cuanto más intenso sea el duelo, antes recuperamos el equilibrio mental. En caso contrario el dolor será como una espina clavada dentro de nosotros, y nunca cesará. Se hará notar incluso años después en el momento menos esperado, y quién sabe, puede que sea la causa que retenga al espíritu entre los vivos y, por tanto, de nuestra posesión.

A menudo se oye que echar el tarot, la participación en sesiones de espiritismo o incluso la propia fe en la existencia de los espíritus provoca que nos encontremos en el círculo de personas que corren el peligro de ser poseídas. ¿Realmente es así? ¿Por qué?

No se trata de la propia fe en los espíritus, sino en el interés en los espíritus y el mundo astral. Hay que ser consciente de que existen los espíritus. Sin embargo, no tenemos que interesarnos en ellos, al igual que sucede con los drogadictos o los criminales. Sabemos que existen, pero no por eso prestamos atención a ese fenómeno: no nos recorremos las estaciones para charlar con ellos, ni nos recreamos en la lectura de las atrocidades de los crímenes (al menos no deberíamos).
Cada vez que prestamos atención al mundo astral ello provoca que nos abramos a los espíritus y les facilitemos el acceso a nuestro cuerpo. Ese mismo fenómeno sucede precisamente cuando echamos el tarot, invocamos a los espíritus por nuestra cuenta o asistimos de forma sólo pasiva a las sesiones de espiritismo, o nos divertimos con un tablero de ouija. Después de divertirnos, y de sentir "un pequeño escalofrío de la emoción", queremos volver a nuestra realidad, y resulta de repente que es imposible. Ya no estamos solos, y es entonces cuando comienza un problema muy serio para nosotros. Describí esta cuestión de forma muy extensa en el libro "Poseídos por los espíritus".

¿De qué forma puede una persona coexistir con el mundo inmaterial sin estar bajo la amenaza de los ataques y, a la vez, sin dificultarles la "vida" a los espíritus que erran por la tierra?

El mundo astral está interconectado con el mundo físico y así ha sido desde el amanecer de los tiempos. Sin embargo, todo habitante de estos mundos debería vivir en el suyo propio, sin ingerir en los asuntos del otro. El problema para las personas no reside en la presencia de espíritus que sean errantes, sino en nuestro interés por ellos. Viene a ser como si metiésemos la nariz en los asuntos ajenos. Un antiguo refrán, muy sabio, dice: "La curiosidad es la antesala del infierno". Es ella la que atrae a los espíritus del abismo al mundo físico, y luego nos extrañaremos de que nuestra vida sea un auténtico "infierno".

Redactó: Agnieszka Mazur




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