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(almas de los muertos) - Versión para imprimir

¿Qué mantiene a las almas de los muertos en la tierra?


Onet.pl
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Diciembre de 2010

El momento de la muerte se puede comparar con la espera de un tren que va al cielo. Puede cogerlo todo aquel que quiera, es decir, todo el que se considere digno de este honor y que, por supuesto, es consciente de que se encuentra en la estación. No hay conductor, ni revisor, y las puertas de los vagones están abiertas. El tren llega casi vacío y en la estación hay una multitud de espíritus que no tienen ni idea de qué va a ser de ellos. Les piden que entren, pero ellos no lo hacen. ¿Por qué?
No pasaron al otro lado del velo de la muerte porque en principio no fueron conscientes de su propia muerte. No sabían que su existencia no cambia tanto después de la muerte, y un síntoma de esto es que están convencidos de que aún tienen vida física. Si cuando estaban en vida hubieran recibido algún conocimiento sobre las particularidades de la transformación llamada comúnmente muerte, les sería más fácil comprender su actual estado, tomar consciencia de su realidad, y no tendrían que pasar por ese gran choque.
No me refiero estoy hablando aquí de una muerte repentina, que sume al espíritu en un estado de estupefacción y shock. Me refiero a una muerte lenta, quizás precedida de una larga y dura enfermedad, o producto de la vejez. Por tanto, es absolutamente necesario que, durante la vida, nos preparemos para el proceso de partida comúnmente llamado muerte. Definitivamente, todos, más tarde o más temprano, tendremos que afrontar este problema, es decir, el problema de la muerte propia o la de los seres queridos. Podríamos tomar el ejemplo de las culturas orientales, donde hablar sobre la muerte y del posterior camino del alma es algo cotidiano. Incluso los niños participan de estas conversaciones. Gracias a esta actitud, la muerte no es traumática para nadie. Si en occidente adoptáramos esta actitud, el sufrimiento sería mucho menor para las almas solitarias, desamparadas y errantes, que no encuentran la salvación en una situación que resulta completamente incomprensible para ellas. Los lectores de mi primer libro "Poseídos por los espíritus" se convencieron de la importancia y utilidad de esta mentalidad. Muchos de estos lectores tuvieron la ocasión de pasar por la muerte del cuerpo físico. El conocimiento adquirido en vida posteriormente los disuade de permanecer como espíritus entre los vivos. Por otro lado, los vivos, una vez conocido el destino de los muertos cercanos, asumen la pérdida con mucha más facilidad. No les hacen quedarse entre ellos a través del dolor y la desesperación, pues son conscientes de que no los han perdido para siempre. De ahí que el conocimiento sobre la muerte protege tanto a los que nos dejan como a los que se quedan en la vida física.
Un segundo grupo de espíritus que se agarran con uñas y dientes a la tierra está compuesto por aquellas personas que antes de la muerte no creían en la vida venidera. Incluso si son conscientes de que han muerto, no tienen ni la menor idea de qué será de ellos a partir de ahora. Y, además, el periodo de estancia en el mundo astral puede ser en muchos casos mucho más largo que la vida física. Si, estando en la vida física, se hubieran interesado por el destino del alma tras la muerte, ahora tendrían algo como un "mapa del terreno" del nuevo mundo. Sin embargo, la mayoría de las veces, entran en la estación adormecidos, hasta que se deciden a cambiar su forma de pensar.
Otro gran grupo de espíritus apegados de cierto modo a los asuntos terrenales lo conforman aquellas almas que, antes de la muerte, estuvieron fuertemente aturdidas. Al morir, no son capaces de reconocer su nuevo estado y se agarran con uñas y dientes al anterior. Este grupo lo engloban, por ejemplo, los enfermos a los que, antes de morir, se les administraron sustancias contra el dolor, y también los alcohólicos, drogadictos, personas que murieron por intoxicación, etc.
El siguiente grupo de espíritus que se niegan a atravesar el velo de la muerte lo componen las personas que tienen miedo a los castigos que puedan recibir por su comportamiento en la vida. A veces sus errores son realmente insignificantes, pero cuando estaban en vida, desgraciadamente, creyeron en un dios cruel, vengativo y castigador. No creen que Dios les pudiera perdonar los pecados, porque no son capaces de perdonarse a ellos mismos.
Los "errores" son de diversa naturaleza: promesas incumplidas, préstamos no pagados, comer carne los viernes, no ir a misa los domingos, pequeñas mentiras de distinta índole; y también puede tratarse de enormes equivocaciones como grandes robos, actuar con violencia o incluso el asesinato. Si se hubieran liberado del sentimiento de culpa en ese preciso momento, se encontrarían ahora en el tren yendo hacia el cielo. Sin embargo, tienen miedo de que el viaje hacia el cielo o hacia Dios les conduzca al fuego infernal o a algún tipo de purga con las que, durante siglos, los distintos grupos religiosos han amedrentado a sus fieles.
Al no reconocer su situación real, no pueden darse cuenta de que ya se encuentran en la hoguera de sus propias emociones y pensamientos coercitivos que, en conexión directa con las fuerzas astrales, los van ahogando segundo a segundo con mucha más intensidad que cuando estaban en la vida física.
El siguiente gran grupo decidido a permanecer en el mundo de los espíritus está formado por aquellas almas que, estando en vida, no creían en Dios. Y es que estas no tienen ahora a nadie a quién acudir. Ellos creen que la vida se acaba en la tumba, tras la cual les espera el abismo, la nada. Otros piensan que se quedarán en la tumba hasta el día del "Juicio Final" y que, tras la resurrección del cuerpo, irán al "cielo". Encontramos en este grupo a las personas que durante la vida se construyeron ostentosos o monumentales sepulcros.
Pero el grupo más grande lo componen las almas de aquellas personas que, en vida, se apegaron tanto a las cuestiones terrenales, que no son capaces de liberarse de ellas. Cualquier cosa puede constituir una de estas ataduras: una casa, una empresa, un coche, y también otras cosas no materiales como la gula, la adicción a la bebida, las drogas, el sexo, el juego, e incluso las aficiones, las pasiones, o el trabajo.
Otras almas no se quieren ir porque desean corregir sus errores, a cualquier precio. Erróneamente, piensan que de esa manera podrán corregirlos.
Otras almas piensan que deben cuidar a alguien (sus hijos, sus padres mayores, alguien enfermo, etc.).
Existen también las almas que estuvieron a punto de partir, pero que alguien las maldijo, les profirieron insultos, o hizo con ellas magia negra. En algunos casos, podemos incluir en este grupo a los suicidas.
Asimismo, existe un enorme grupo de almas que están casi preparadas para irse, pero no se lo permite el dolor de los más cercanos que se quedan en la vida. Están divididos, no saben qué elegir: actuar por su propio bien o por el bien de los que se quedan. Algunos incluso son conscientes de que, por el bien de todos, es mejor partir, pero la energía emocional del dolor, el desconsuelo y la tristeza, generada por los vivos, los mantiene encadenados a la vida física.
Entonces, el duelo hay que vivirlo de la manera más intensa posible, para que las almas cercanas puedan partir en su momento, pues es su derecho. Por tanto, se trata de una elección saludable, no solo para las almas que se marchan, sino también para nuestros seres queridos que permanecen en la vida. Y es que si, en el transcurso de un periodo de tiempo corto a partir del momento de la muerte, el alma no se ha ido, tendrá que permanecer entre los seres queridos, alimentarse de su energía o, lo que es peor, convertirse en la razón por la que poseer a algún miembro de la familia.
Como se ve, la ignorancia puede tener, en relación con el proceso de partida del mundo físico, consecuencias muy graves. Una vez más repetimos aquí la frase del gran Maestro de la humanidad: "Conoced la verdad y ella os hará libres".

Redactó: Wanda Pratnicka




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